24 de agosto de 2014

La polilla y la herrumbre


Mary Cholmondeley escritora británica, nacida en Shropshire 1859 - 1925.
La polilla y la herrumbre, novela de 1912, rara, pero estupenda. El título viene del evangelio: "No acumuléis tesoros en la tierra donde hay polilla y herrumbre que corroen y ladrones que socaban y roban". Virgina Woolf dijo de ella: "Me ha fascinado, porque sus mujeres son como esas mujeres reales que me encontraba cuando salia de mi ambiente".

Trata de dos parejas de enamorados, hay dos mujeres Anne Varney inteligente y aristócrata; Janet Black guapa y buena. ¿Cuál triunfa? la guapa y buena, oh no, no! en absoluto. La guapa fracasa, la inteligente y aristócrata es la que triunfa en la vida.
Hay aquí dos polos muy claros, por un lado una sociedad inglesa convencional, victoriana, de clases sociales, etiquetas; por otro, una burla de todo ello, una sutileza psicológica femenina, el amor es un absurdo pero que rompe con todos los convencionalismos.
Crítica terribe del amor romántico, dice: "pobre naturaleza humana que cree que pase lo que pase, el amor nunca muere", y bueno, el final no es precisamente alegre, es descubrir que no prevalece la bondad.

La novela es extraña pero preciosa, se entiende perfectamente, en el fondo descubrimos el derroche de la vida, el amor que no hemos dado, los poderes que no hemos usado, la prudencia que no hemos arriesgado, por evitar el dolor se pierde la felicidad.

Crítica de Andrés Amorós.
La polilla y la herrumbre, de Mary Cholmondeley.
Editorial Periférica.






"Lo conocía de toda la vida. Sin conocerlo, había estado esperándole siempre. No llegué a comprender nada de verdad hasta que llegó. No me enamoré de él; al menos, no del modo en que veo que les sucede a otros, ni como en otro tiempo me enamoré yo misma, hace años. No me siento atraída hacia él. Soy él. Y él es yo. Uno no puede enamorarse de sí mismo. Él es mi otro yo. Somos uno. Podemos vivir dolorosamente separados, como vivimos ahora, él puede casarse con alguna otra ... pero la realidad sigue siendo la misma".


"¿Se reprime alguna vez, de verdad, el corazón? Conforme pasan los años aprendemos a mantenerlo entre rejas y aherrojado. Tirámos de él hacia adelante en determinadas ocasiones para que actúe esposado bajo nuestra mirada, y a continuación lo devolvemos a empujones de nuevo a su celda".






 "He transitado un buen trecho de vida; cuando conocí el amor sentía ya el cansancio y las magulladuras del viaje. Lo encontré en los senderos solitarios y deslumbrantes, y los recorrimos juntos. No pensé que él emprendería sendas tan clareadas, pues tenía entendido que era un morador de los jardines resguardados, que no estaba hecho para mí. Sin embargo, me acompañó. Nunca me detuve a esperarlo, ni me aparté de mi sendero para ir en su busca, dado que conocí sus engaños cuando era joven, y desde entonces desconfié de los extraños. Y rogué a Dios que orientara mi corazón por entero hacia Él, y que apartara de mí al Amor, a menos que fuera para acercarme más a Él. Mas, ¿cuándo había atendido Dios aguna de mis plegarias?".


"Janet encendió una cerilla, se arrodilló y la aproximó a la pila de cartas.
Pero las cartas de amor nunca arden con facilidad. Quizá es así porque han atravesado las llamas de la vida y, después de ello, ningún fuego más débil puede prender en ella con rapidez. El fuego se acobardó, una tras otra las cerillas se acababan, y una tras otra las llamas vacilaban y se negaban a penetrar en las cartas".






"- Lady Anne -dijo con al voz quebrada-, ¿quiere casarse conmigo?

Al fin había sucedido; las palabras que su corazón había ansiado durante tanto tiempo. Ella no pensó. No vaciló. Ella, que tan a menudo se había visto perturbada por la mera contemplación de aquel hombre desde el otro extremo de una sala, estaba ahora serena. Le miró con cierta sorna amable.

- No, gracias -dijo.
- La amo -dijo tomando su mano-. La amo desde hace mucho tiempo.

Era la mano de él la que temblaba. La de ella, al retirarse, se mantenía firme.

- Lo sé -dijo.
- Entonces, ¿no podría pensar en mí? Le ruego que se case conmigo.
- Usted habla sin pensar. Apenas hemos intercambiado una palabra en los últimos tres meses. Usted no tenía intención alguna de pedirme que me casara con usted cuando vino aquí esta noche.
- No me importan las intenciones que puedira haber tenido o no -dijo Stephen con el ánimo siempre acelerado, alzándose ante el dominio que ella ejercía de si misma-. Mi intención es la que ahora manifiesto, y ha sido ésa desde el primer momento que la vi.
- ¿Cree usted que le amo?
- Yo la amo por los dos -dijo apasionado-. Ocupa usted mi corazón y mi mente, y no puedo arrancarla de allí. No puedo vivir sin usted.
- En otra época, cuando no era usted tan rico, ni había recorrido tanto mundo, ¿no tuvo alguna vez la esperanza de casarse por amor?
- Espero casarme por amor ahora. ¿Duda usted de que la amo?
- No, no lo dudo. ¿Pero no ha confiado nunca en casarse con una mujer que la amara tanto como usted la amara a ella?
- No puedo confíar en eso -dijo el millonario-. No confío. No soy... no soy el tipo de hombre a quien las mujeres amen con faciliad.
- No -dijo Anne-, no lo es.
- Pero cuando amo, amo con todo mi corazón. ¿Quiere usted pensarlo más despacio y darme una respuesta mañana?
- Ya le he respondido.
- Le ruego que lo considere.
- ¿Por qué debería hacerlo?
- Yo trataría de hacerla felíz. Permítame demostrarle la devoción que siento por usted.

Ella lo miró durante un largo rato, y vio, sin posibilidad alguna de engañarse, que si ella le decía que le amaba no la creería. Ésa era la reacción convencional cuando un millonario pide matrimonio, y él creía firmemente en las convenciones. Una vez casados, sería igual. Él pensaría que lo provocó la obligación, los besos de ella, sus caricias. !Oh, qué idea más agobiante!
Siendo su esposa estaría más lejos de él que nunca".


"La primera vez que percibió la presencia de Anne en la habitación levemente iluminada, y fue consciente antes de verla, sintió que no podía aproximarse a ella, del mismo modo que muchos hombres sienten que no pueden volver a casa. Para Stephen, la casa estaba dondequiera que estuviera Anne, aun cuando la puerta estuviera cerrada con llave para él".






 "Una mujer más sabia que Janet quizá habría sabido, quizá al menos habría temido, que una determinada nube diminuta sobre su horizonte, no más grande que la mano de un hombre, desencadenaría una terrible tormenta. Pero hasta que la tormenta no estalló, ella no reparó en que aquel espectáculo cada vez más amenazante tuviera alguna relación con el huracán que finalmente se desató sobre ella: del mismo modo que algunos de nosotros percibimos el rosario de la vida únicamente como cuentas aisladas, sin reparar en el hilo divino que las une, y nos sorprendemos cuando llegamos a la cruz".


"Georges flaqueó.
Ése parece ser el triste destino de algunos temperamentos rectos y rigurosos, que adoptan una conducta al margen de todo para luego fracasar a la primera oportunidad en que se les exige algo; para desconfiar de quienes aman enconadamente cuando recae sobre ellos la sospecha; para sentirse agraviados cuando tienen éxito; para desanimarse por sus faltas, incapaces de creer que tengan motivos de índoles superior, asqueados de su fervor.
George no hubiera fallado si no hubiera aparecido una dificultad. Al igual que muchos otros hombres, tomados por fieles porque no se ha puesto a prueba su fe, él habría sido un excelente y encantador marido para Janet, y probablemente ambos habrían vivido juntos muchos años felices... 
Simplemente, si no hubiera aparecido una dificualtad".






 "En el corazón de Janet se alzaba lentamente un resentimiento contra su amado, el resentimiento que invade al fin los corazones de las naturalezas humildes y sinceras cuando descubren que amor y confianza no van de la mano".


"Hay un descenso paulatino, atroz, gradual, hacia una oscuridad creciente, que conocen aquellos que tienen la fortaleza suficiente para emprenderlo. Sólo los fuertes despuntan en situaciones extremadamente desagradables. Sólo los fuertes conocen el sombrío paisaje del Hades, ese mundo que subyace en las vidas de todos nosotros".






"Algún día -dice para sí el hombre cuando ha acabado la jornada-, algún día me llegará la hora. Ella me cree áspero y frío, pero algún día, cuando haya pasado este fatídico momento y ella comprenda, la cubriré de una ternura con la que jamás ha soñado. Le enseñaré como puede llegar a ser un amante. Para ellla, el mundo es duro, y sus sendas hastío... Que lo piense; pero algún día reconocerá ante mi, aquí, en esta misma habitación, que no supo lo que era la vida, lo que eran el gozo y la paz, hasta que permitió que mi amor la poseyera.".


"Entre las filas de sus viejos enemigos se había alistado uno nuevo: la esperanza; y la esperanza, si consigue invadir un corazón en el que ha sido mucho tiempo una extraña sabe cómo reabrir una herida profunda y mal cicatrizada, que continuará sangrando mucho después de que se haya marchado".






Pinturas de Vihelm Hammershoi