24 de octubre de 2014

Por el camino de Swann


Marcel Proust comienza la redacción del libro, hacia 1908, es un burgués culto, un judío refinado, homosexual y asmático, al que la sociedad francesa no reconece como un verdadero escritor. 
"Mucho tiempo he estado acostándome temprano..." ¿Quién es el que habla: Yo, el Narrador, Proust?. No importa, a partir de aquí, el relato avanza lentamente, formando sutilísimos meandros, recorriendo el mapa sentimental de la memoria. Todo son matices, detalles, sugerencias, búsquedas, adivinaciones...
La estructura de la obra, según la crítica francesa habla de una "composición en rosetón". El principio de unidad es profundo, no evidente: la presencia constante del Yo que narra. Se repiten también una serie de temas: amor, celos, olvido, sueños, lenguaje...
La novela se desarrolla por ondas concéntricas alrededor de las sensaciones, los recuerdos que éstas despiertan y los cambios que ha ocasionado el paso del tiempo.

La búsqueda de Proust culmina en su análisis del tiempo: "sólo la memoria nos puede salvar de la discontinuidad, de la muerte. Pero no nos sirve para eso la memoria intelectual, voluntaria, que no conserva nada vivo, sino el recuerdo involuntario, inexplicable, que nos acomete de improviso, unido a una sensación". 

En el episodio más famoso de su obra, el narrador intenta refugiarse en los días felices de su infancia. Al principio, no lo consigue, recuerda algunas cosas concretas pero no logra revivir su niñez. Hasta que un día, sin darse cuenta, prueba una magdalena. En el gusto de ese bollito recupera todo lo que estaba buscando: "Cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo".

Al fondo de la obra de Proust late una dimensión simbólica universal, ¿qué vida humana no es, en cierta medida, una búsqueda del tiempo perdido?.


Crítica de Andrés Amorós
Por el camino de Swann, de Marcel Proust
Traducción de Pedro Salinas






"Yo me creía que si Swann hubiera leído mi carta y adivinado su finalidad se habría reído de la angustía que yo sentía; por el contrario, como mucho más tarde supe, una angustia semejante fue su tormento durante muchos años de su vida, y quizá nadie me hubiera entendido mejor que él; es angustia, que consiste en sentir que el ser amado se halla en un lugar de fiesta donde nosotros no podemos estar, donde no podemos ir a buscarle, a él se la enseñó el amor, a quien está predestinada esa pena, que la acaparará y la especializará; pero que cuando entra en nosotros, como a mí me sucedía, antes de que el amor haya hecho su aparición en nuestra vida, flota esperándole, vaga y libre, sin atribución determinada, puesta hoy al servicio de un sentimiento y mañana de otro, ya de la ternura filial, ya de la amistad por un camarada.  Y la alegría con que yo hice mi primer aprendizaje cuando Francisca volvió a decirme que entregaría mi carta la conocía Swann muy bien: alegría engañosa que nos da cualquier amigo, cualquier pariente de la mujer amada cuando, al llegar al palacio o al teatro donde está ella, para ir al baile, a la fiesta o al estreno donde la verá, nos descubre vagando por allí fuera en desesperada espera de una ocasión para comunicarnos con la amada. Nos reconoce, se acerca familiarmente a nosotros, nos pregunta que estamos haciéndo. Y como nosotros inventamos un recado urgente que tenemos que dar a su pariente o amiga, nos dice que no hay cosa más fácil, qué entremos en el vestíbulo y que él nos la mandará antes de que pasen cinco minutos. !Cuánto queremos al intermediario bien intencionado que con una palabra nos convierte en soportable, humana y casi propicia la fiesta inconcedible e infernal en cuyas profundidades nos imaginábamos que había torbellinos enemigos, deliciosos y perversos, que alejaban a la amada de nosotros, que le inspiraban risa hacia nuestra persona!. Y por una brecha inesperada entramos en estas horas inaccesibles de suplicio, en que ella iba a gustar de placeres desconocidos; y uno de los momentos cuyo sucederse iba a formar esas horas placenteras, un momento tan real como los demás, aún más importante para nosotros, porque nuestra amada tiene participación en él, nos lo representamos, lo poseemos, lo dominamos, lo creamos casi: el momento en que le digan que estamos allí abajo esperando. Y sin duda los demás instantes de la fiesta no deben ser de una esencia muy distinta a ése, no deben contener más delicias, ni ser motivo para hacernos sufrir, porque el bondadoso amigo nos ha dicho: !Si le encantará bajar! !Le gustará mucho más estar aquí hablando con usted que aburrirse allá arriba!. Pero, !ay!, Swann lo sabía ya por experiencia, las buenas intenciones de un tercero no tienen poder ninguno para una mujer que se molesta al verse perseguida hasta en una fiesta por un hombre a quien no quiere. Y muchas veces el amigo vuelve a bajar él solo".






"Y una vez que el novelista nos ha puesto en ese estado, en el cual, como en todos los estados puramente interiores, toda emoción se duplica y en el que su libro vendrá a inquietarnos como nos inquieta un sueño, pero un sueño más claro que los que tenemos dormidos, y que nos durará más en el recuerdo, entonces desencadena en nuestro seno, por una hora, todas las dichas y desventuras posibles, de esas que en la vida tardaríamos muchos años en conocer una cuantas, y las más intensas de las cuales se nos escaparían, porque la lentitud con que se producen nos impide percibirlas (así cambia nuestro corazón en la vida, y éste es el más amargo de los dolores; pero un dolor que sólo sentimos en la lectura e imaginativamente, porque en la realidad se nos va mudando el corazón lo mismo que se producen ciertos fenómenos de la naturaleza, es decir, con tal lentidud, que aunque podamos darnos cuenta de cada uno de sus distintos estados sucesivos, en cambio se nos escapa la sensación misma de la mudanza)".






"De todas maneras de producirse el amor y de todos los agentes de diseminación de ese mal sagrado uno de las más eficaces es ese gran torbellino de agitación que nos arrastra en ciertas ocasiones. La suerte está echada, y el ser que por enconces goza de nuestra simpatía se convertirá en el ser amado. Ni siquiera es menester que nos guste tanto o más que otros. Lo que se necesitaba es que nuestra inclinación hacia él se transformara en exclusiva. Y esa condición se realiza cuando -al echarle de menos- en nosotros sentimos, no ya el deseo de buscar los placeres que su trato nos proporciona, sino la necesidad ansiosa que tiene por objeto el ser mismo, una necesidad absurda que por las leyes de este mundo es imposble de satisfacer y difícil de curar: la necesidad insesata y dolorosa de poseer a esa persona". 






"Y con ademán que, sin duda, era habitual en ella y que se cuidaba mucho de no olvidar en aquellos momentos porque sabía que le sentaba bien, parecía como si necesitara un gran esfuerzo para retener su rostro, igual que si una fuerza invisible la atrajera hacia Swann. Y Swann fue el que lo retuvo un momento con las dos manos, a cierta distancia de su cara, antes de que cayera en sus labios. Y es que quiso dejar a su pensamiento tiempo para que acudiera, para que reconociera el ensueño que tanto tiempo acarició, para que asistiera a su realización, lo mismo que se llama a un pariente que quiere mucho a un hijo nuestro para que presencie sus triunfos. Quizá Swann posaba en aquel rostro de Odette, aún no poseído ni siquiera besado, y que veía por última vez esa mirada de los días de marcha con que queremos llevarnos un paisaje que nunca se volverá a ver".






"Y es que una pasión acciona sobre nosotros como un carácter momentáneo y diferente que reemplaza al nuestro verdadero y suprime aquellas señales externas con que se exteriorizaba.
La mayoría de las personas que conocemos no nos inspiran más que indiferencia, de modo que cuando en un ser depositamos grandes posibilidades de pena o de alegría para nuestro corazón, se nos figura que pertenece a otro mundo, se envuelve en poesía, convierte nuestra vida en una gran llanura donde nosotros no apreciamos más que la distancia que de él nos separa".






"Como las distintas circunstancias casuales que nos ponen delante de  una persona no coinciden con el tiempo de nuestro amor, sino que unas veces orurren antes de que nazca y otras se repiten después que ha terminado, esas primeras apariciones que hace en nuestra vida un ser destinado a gustarnos mas adelante toman, retrospectivamente, a nuestros ojos un valor de presagio y aviso.
Y, aun estando en París, eso es lo que yo veía, y no las cosas que yo tenía a mi alrededor. Hasta si se mira desde un punto de vista realista, ocupan más espacio en nuestras vida las tierras que a cada momento deseamos que aquella en la que realmente vivimos.
La contradicción que hay en buscar en la realidad los cuadros de la memoria, porque siempre les faltaría ese encanto que tiene el recuerdo y todo lo que se se percibe por los sentidos. La realidad que yo conocí ya no existía. Bastaba con que la señora de Swann no llegara exactamente igual que antes, y en el mismo momento que entonces, para que la Avenida fuera otra cosa. Los sitios que hemos conocido no pertenecen tampoco a ese mundo del espacio donde lo situamos para mayor facilidad. Y no eran más que una delgada capa, entre otras muchas, de las impresiones que formaban nuestra vida de entonces, el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años".





   
Pinturas de Frédéric Soulacroix



Intenté leer varias veces el libro y, hasta ahora, no había llegado a terminarlo.
Os lo recomiendo si no lo habéis leído todavía, y si nos os interesa, no importa, sólo hay que esperar el momento adecuado.