21 de enero de 2015

Desde la ventana

Desde la ventana, ensayo de Carmen Martín Gaite que refleja las dificultades de las mujeres para exponer sus puntos de vista y los prototipos femeninos levantados, con más o menos acierto, por la literatura masculina. Es un homenaje cálido a cuantas mujeres se asoman al mundo de la escritura para encontrar explicación a su manera de ser.

"Homenaje a las mujeres ventaneras" 

Ellas, tachadas de "livianas", son propensas a levantar la vista, a trascender lo que tienen más cerca; lo hacen con un aire retador o a hurtadillas. Carmen Martín Gaite describe con delectación el momento en el que la mujer da rienda suelta a su fantasía y, desde dentro, imagina lo de fuera. O, si más no, a través de una ventana lanza la mirada, que se libera y se expande, sin lazos que la retengan, en un ejercicio personal y arriesgado.


Mirando a través de la ventana





Pintura de Maríe Denise Villers


Las cuatro paredes de mi refugio provisional no sólo no se me caían encima, sino que me arropaban maternalmente. Nunca como aquella tarde me he dado cuenta del privilegio que supone para una mujer tener un cuarto sólo suyo y habitarlo como liberación, no como encierro.

 

Buscando el modo



 



La mujer enamorada siempre está trabada por las repercusiones de algún patrón literario, que a su vez suele hacerse eco del sistema moralista vigente. Pero el amor mismo, como experiencia personal, la mujer lo vive de forma inédita y secreta. Ansiosa, por una parte, de presentar la imagen de enamorada que se le exige componer y contagiada, por otra, de la tentación de libertad que supone hallarse frente a ese umbral inquietante, necesita quedarse sola para entender de verdad lo que le está pasando. Se ensimisma, suspira, se encierra, y desde ese encierro da pistas a veces, sin saber cómo, sin proponérselo. Y sobre todo querría poder explicárselo a alguien, querría saber escribir.


Sin duda que la forma epistolar ha debido ser para las mujeres la primera y más idónea manifestación de sus capacidades literarias. Con quien más gusta hablar de las tribulaciones del alma es con el causante de esas tribulaciones, a quien se supone interesado por recibir una respuesta más florida que la del rechazo o un conciso "amén". Pero si desaparece o no ha existido nunca ese "tú" ideal receptor del mensaje, la necesidad de interlocución, de confidencia, lleva a inventarlo. O, dicho con otras palabras, es la búsqueda apasionada de ese "tú" el hilo conductor del discurso femenino, el movil primordial para quebrar la sensación de arrinconamiento.


No hay ninguna innovación posible en el campo del pensamiento que no se lleve a cabo desde dentro y enfrentándose a palo seco con la soledad. Porque solamente aceptándola, acabará dando fruto.
También Rosalía de Castro, en su novela El primer loco, pone en boca de uno de sus personajes este elogio encendido de la soledad:

"La imaginación se exalta más fácilmente en la soledad, y cuando nos hallamos apartados de nuestro semejante, amén de que podemos comprendernos mejor a nosotros mismos, nos es dado crear con mayor facilidad mundos que no existen y poblarlos de visiones hijas todas de nuestra fantasìa"


Santa Teresa jamás se sintió inferior por ser mujer. Aparentemente se sometió al dictamen de los hombres y de continuo les estuvo pidiendo apoyo y opinión para garantizar ante el mundo la suya, pero también supo usarlos y manejarlos, fingiendo plegarse a ellos. Y entre fundación y viaje y atención a sus males físicos, sacaba siempre fuerzas de flaqueza para seguir buscando aquel sutil modo de trasladar al papel las contradicciones, el arrojo y el temblor de su alma femenina.
Toda su vida fue una lucha grandiosa, como de auto sacramental, entre el entusiasmo y el decaimiento, entre la enfermedad y la entereza, entre la soberbia y la humildad, entre la libertad y la sumisión, entre la actividad y la contemplación, entre el orden y el desconcierto. Lucha que a veces la vencía y las más la aguijoneaba a sacar de su cuerpo -que fue siempre el que salió peor parado- nuevos subsidios extraordinarios para seguir costeando un combate que sólo acabó con la muerte.
La muerte fue el único final realmente feliz en la novela de aventuras que es la vida de Teresa de Ahumada. Si los suyos con Jesucristo no hubieran sido unos amores contrariados, no hubiera buscado el modo de contarlos, y nunca habríamos podido leer esa novela. Porque de los amores felices nunca se ha sabido que tuvieran novela.


El hombre musa





Pintura de Edward Cucuel



 Concepción Arenal escribió en su libro La mujer del porvenir: 


"La vida de la mujer es sedentaria y monótona; no tiene actividad ni variedad. Si es vulgar, admite el amor, cualquier amor, como pasatiempo. Si no lo es, ama con vehemencia, con pasión. Toda la febril acitividad de su alma se concentra en un solo punto. Ninguna cosa le distrae de su peligroso éxtasis y el día que se extravía nada la contiene, y el día que se aflige nada la consuela... Hará oír los gemidos de la mujer piadosa o la carcajada de la prostituta, y según el camino que elija será digna de respeto o de desprecio, pero nunca será feliz. La pasión para el hombre es un torrente, para la mujer es un abismo"


Con el advenimiento del Romanticismo, la mujer encuentra desagüe a su expresión amorosa, sustituyendo los arrebatos religiosos por los delirios humanos, pero el planteamiento del amor como experiencia divina no cambia mucho. Esta tendencia a divinizar el objeto de la pasión está muy patente en la correspondencia que Gertrudis Gómez de Avellaneda mantuvo con Cepeda. Se trataba, en definitiva, de encontrar el alma gemela para depositar en ella las ansis religiosas de absoluto, la exuberancia de unos sentimientos que rebasaban los catalogados dentro del sistema de valores ofrecido por la literatura masculina. Y así se lo escribe en una carta:

"Alguna vez necesito hallar sobre esta tierra un corazón meláncolico, ardiente, altivo y ambicioso como el mío, compartir con él mis goces y dolores y darle este exceso de vida que yo sola no puedo soportar"


La chica rara



 


 Pintura de William Oxer



Carmen Laforet, la autora de Nada, era una muchachita de veintitrés años de la que nadie había oído hablar, y que se descolgaba con una historia cuyos conflictos contrastaban de forma estridente con los esquemas de la novela rosa habitualmente leída y cultivada por mujeres. Tanto Román, el hombre de sensibilidad artística y espíritu atormentado, como Andrea, la muchacha perdida en la gran ciudad en lucha por su independencia, son presentados a la luz de las contradicciones que la hostilidad del entorno revela en el individuo cuando pretende adecuar sus sueños a la realidad y se siente prisionero de su circunstancia.
Cuando Andrea llega a la ciudad al principio de la novela para hacer la carrera de Letras, es una adolescente ilusionada, transida como cualquier muchachita provinciana de posguerra de sueños de emancipación y de aventura. Si añadimos a esta expectación de la llegada nocturna y solitaria la orfandad del personaje, comprenderemos que Andrea reúne todos los requisitos precisos para que el lector la confunda con una heroína de novela rosa y espere ver cumplida en sus andanzas la consabida transposición del cuento de la Cenicienta habitual en este tipo de ficciones. 
La misma Andrea, la primera vez que es invitada a una fiesta por un compañero rico de la Universidad, coincide con estas expectativas. Pero la fiesta se desarrolla ante sus ojos como un espectáculo ajeno, dentro del cual se siente tan intrusa como entre los conflictos familiares de la calle de Aribau, y acaba escabulléndose de aquel escenario dentro del cual no ha conseguido protagonizar nada. No es la primera vez que la calle, bajo el cielo casi negro, acoge a Andrea con sus brazos impersonales y la afirma en su dolorosa conciencia de individuo perdido y marginado. Sentada en un banco, reflexiona así mientras se seca las lágrimas de rabia:

"Unos nacen para vivir, otros para trabajar, otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme... Estuve mucho rato llorando allí en la intimidad que me proporcionaba la indiferencia de la calle, y así me pareció que lentamente mi alma quedaba lavada"


En Octubre de 1956, Carmen Barberá, haciéndose eco de la pregunta irritada, que por entonces flotaba en el aire, de por qué las mujeres se habían lanzado tan descaradamente a copar el mercado editorial, brindaba esta curiosa interpretación, recogida en las páginas de La Estafeta Literaria:

 "Dicen que la mujer está de moda, que le dan los premios por su bella cara, por galantería, que pretende imitar al hombre. O bien dicen lo contrario, que tiene talento, que se ha independizado, que si a este paso vamos hacia un matriarcado... Yo, señor Director, me digo, y lo meditaré más tiempo, si la mujer que escribe no será precisamente la mujer mal amada. Si esto fuera así, la cosa tiene más hondura de la que parece. Indicaría que la mujer se dedica a usar su talento solamente cuando no se la sabe amar... Si al escribir intenta darse a conocer, es que pretende imponer un modo de ser amada"

No sabemos si Andrea, la portagonista de Nada, hubiera suscrito esta opinión tan peculiar, que interpreta la creación literaria femenina como un sucedáneo de amores fallidos. Pero lo que desde luego sí me parece evidente es que la "chica rara", cuyo reinado inaguró la heroína de Carmen Laforet, no sólo rechazaba la retórica idealización de "sus labores", sino que empezaba a convivir con una idea inquietante, difícil de encajar y de la que cada cual se defendía como podía: la de que no existe el amor de novela rosa.

De su ventana a la mía

 



Pintura de Albert Anker



Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines ignotos. En todos los claustros, cocinas, estrados y gabinetes de literatura universal donde viven mujeres existe una ventana fundamental para la narración, de la misma manera que la suele haber también el los cuadros inhóspitos de hotel que pintó Edward Hopper y en las estacias embaldosadas de blanco y negro de los cuadros flamencos. Basta con eso para que se produzca a veces el prodigio: la mujer que leía una carta o que estaba guisando o hablando con una amiga mira de soslayo hacia los cristales, levanta una persiana o un visillo, y de sus ojos entumecidos empiezan a salir enloquecidos, rumbo al horizonte, pájaros en bandada que ningún ornitólogo podrá clasificar, cazar ningún arquero ni acariciar ningún enamorado y que levantan vuelo hacia el reino inconcreto del que sólo se sabe que está lejos, que no lo ha visto nadie y que acoge a todos los pájaros ateridos y audaces, brindándoles terreno para que hagan su nido en él unos instantes.

Mi madre siempre tuvo la costumbre de acercar a la ventana la camilla donde leía o cosía, y aquel punto del cuarto de estar era el ancla, era el centro de la casa. Yo me venía allí con mis cuadernos para hacer los deberes, y desde niña supe que la hora que más le gustaba para fugarse era la del atardecer, esa frontera entre dos luces, cuando ya no se distinguen bien las letras ni el color de los hilos y resulta difícil enhebrar una aguja; supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje. "No encendáis todavía la luz -decía- que quiero ver atardecer". Yo no me iba, pero casi nunca le hablaba porque sabía que era interrumpirla. Y en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí no sé cómo a fugarme yo también. Luego entraba alguien, daba la luz y reaparecían los perfiles cotidianos. "Bueno, habrá que correr las cortinas", decía ella, como despertando.
Pero en la sonrisa especial que dulcificaba su expresión se le notaba lo lejos que había estado, lo mucho que había visto. Y daban ganas de arrodillarse a su lado para ayudarle a abrir las maletas, de preguntarle: "¿Qué regalo me traes?"


Los incentivos de la ventana 

 



 Pintura de Brian Scott



Ahora bien, como frontera que es entre lo de fuera y lo de dentro, participa de los dos mundos que divide y pone en contacto. Por consiguiente, según se considere desde uno u otro de estos espacios (el exterior o el interior), ofrece sugerencias distintas y puntos de vista encontrados, aunque muchas veces complementarios. No es de extrañar. También nuestros ojos, que son las ventanas del cuerpo por donde se asoma el alma, desempeñan por una parte el cometido de mirar con descaro o cautela, y por otro el de dejarse penetrar por las miradas ajenas o impedirles el acceso mediante distintos ardides y estrategias de celaje. Depende de quién nos mire y de cómo nos mire. 
 





Pintura de Evgent Gordiets



En cuanto al motivo de ensoñación que puede proporcionas a la imaginación romántica una ventana desconocida mirada desde la calle, pocos ejemplos más ilustrativos que el que nos brinda Gustavo Adolfo Bécquer en su conocida leyenda Tres fechas:

"Ya la ventana de por sí era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella fue el notar que, cuando volví la cabeza para mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que, sin duda, me miraba en aquel instante. Segí mi camino preocupado con la idea de la ventana, o mejor dicho, de la cortinilla, o más claro todavía, de la mujer que la había levantado. Porque indudablemente a aquella ventana tan poética, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse" 





Pintura de Rene Magritt



Una de las tres veladoras que aparece en el drama estático de Fernando Pessoa El marinero, en un momento determinado de la noche, tal vez como desahogo a su claustrofobia:

"-Pues yo al mar no lo he visto nunca más que desde aquí. Desde esa ventana, que es la única abierta al mar. !Y se abarca tan poco! El mar de otras tierra, ¿cómo es?, ¿es hermoso?

A lo que le contesta una de sus compañeras:

-Sólo es hermoso el mar de otras tierras. El que vemos nos trae siempre la nostalagina del que nunca llegaremos a ver"