28 de enero de 2015

Rosalía de Castro



Tras de los limpios cristales
se agitaba la blanca cortina,
y adiviné que tu aliento
perfumado la movía.

Sola estabas en tu alcoba,
te ocultabas, !cruel!, a mis ojos
mas mis ojos te veían.

Con cerrojos cerraste la puerta,
y detrás de la tela blanquísima
pero yo penetré en tu aposento
a través de las gruesas paredes,
cual penetran los espectros:
porque no hay para el alma cerrojos,
ángel de mis pensamientos.

Codicioso admiré tu hermosura,
y al sorprender los misterios
que a mis ojos velabas... !perdóname!,
te estreche contra mi seno.

Mas... me ahogaba el aroma purísimo
que exhalabas de tu pecho,
 y hube de soltar mi presa
lleno de remordimiento.

Te seguiré adonde vayas,
aunque te vayas muy lejos,
y en vano echarás cerrojos
para guardar tus secretos,
porque no impedirá que mi espíritu
pueda llegar hasta ellos.

Pero... ya no me temas, bien mío,
que, aunque sorprenda tu sueño,
y aunque en tanto estés dormida
a tu lado me tienda en tu lecho,
contemplaré tu semblante,
mas no tocaré tu cuerpo,
pues lo impide el aroma purísimo 
que se exhala de tu seno.
Y como ahuyenta la aurora
los vapores soñolientos
de la noche callada y sombría.


Rosalía de Castro





Pintura de Elvira Amrhein