3 de mayo de 2015

Jezabel


Irène Némirovsky escritora judía asesinada en Auswitch en el año 1942. Mucho tiempo después de su muerte viene el éxito internacional con Suite francesa, manuscrito que fue conservado por sus hijas, permaneciendo inédito hasta 2004.

El libro comienza con la historia de un juicio criminal, una mujer madura, rica, con muchos amantes que ha matado a un joven, ¿por qué? Sería su amante... no se sabe.
A partir de ahí vienen los antecedentes. La historia es tremenda, terrible, es un análisis psicológico de una perversión femenina, una mujer que siente la necesidad absoluta de gustar, de ser adorada, de mostrar su poder sobre los pobres hombres.
Un estudio femenino muy duro, en el que llega a decir: "incluso en el corazón del amor, uno no piensa más que en si mismo".

El tema de fondo es la lucha de una mujer contra el paso del tiempo, ella odia los espejos, la luz fuerte, a su hija, su propia infancia, no puede soportar que su hija tenga novio, odia a su nieto.

La escritura de Irène Némirovsky se compara con la de Dostoyeski e, incluso con la de Guy de Maupassant. Novela estupendamente escrita, fantástica, extraordinaria, por otra parte, nada agradable, nada alegre porque no te hace ilusionarte. 


Critica de Andrés Amorós
Jezabel
Narrativa Salamandra








"Qué feliz se sentía...O puede que no, que aquello todavía no fuera la felicidad, sino su espera, una divina inquietud, una ardiente sed que le abrasaba el corazón.
Nunca olvidaría aquella breve temporada. Nunca volvería a sentir un placer de esa índole. En el fondo del corazón, siempre queda la añoranza de una hora, de un verano, de un fugaz momento en el que sin duda se alcanza el punto de floración. Durante unas semanas u unos meses, raramente más, una joven muy hermosa deja de vivir la vida normal. Está ebria. Se le concede la sensación de estar fuera del tiempo, fuera de sus leyes, de no sentir la monótona sucesión de los días, de disfrutar únicamente de los instantes de casi intensa y desesperada felicidad".








"Y repetió su nombre con una especie de asombro. Luego, se inclinó y le cogió la mano, todavía infantil, delgada, sin anillos, que pendía entre los pliegues del vestido. La besó temblando. Besó el delgado brazo, en el que se veían señales de golpes y arañazos, porque a veces era masculina, brusca, y le gustaban los caballos difíciles, los obstáculos, los peligros. Permaneció encorvado ante ella, humilde como un niño. Gladys nunca olvidaría aquel instante, aquel embriagador sentimiento de orgullo y la deliciosa paz que invadió su corazón.
La felicidad es esto, se dijo, y no retiró la mano. Pero su fina nariz se agitó imperceptiblemente y su rostro, tan joven, se transformó de pronto en el de una mujer, astuto, ávido y cruel. Qué grato era ver un hombre a sus pies...¿Qué habría en el mundo mejor que el nacimiento de ese poder de mujer? Eso era lo que esperaba, lo que llevaba días presintiendo... El placer, el baile, el éxito no eran nada, palidecían ante aquella intensa sensación, ante aquella especie de mordedura interior. ¿El amor? -pensó-, !Oh, no! El placer, casi sacrílego, de ser amada..."








"...Ese día, en cuanto Gladys estuvo lista, entro Lily Ferrer, ambas se besaron en la mejilla. A veces hablaban de cosas íntimas, pero al modo de las mujeres, caprichoso, frívolo, disimulando instintivamente sus pensamientos más secretos, que no obstante revelaban con una chanza o un suspiro, y ocultando bajo su insustancial cháchara una amarga experiencia que, como un grano de incienso o sal, perfumaba sus vanas palabras.

- Las mujeres que tienen la pasión del juego son felices - dijo Gladys.

- ¿Felices? ¿A eso llamas felicidad? Tú si que eres feliz, Gladys afirmó Lily, y soltó un suspiro -. Sólo que aún no lo sabes. Ya verás a mi edad. En esta vida no hay más realidad, más felicidad que la juventud. ¿Cuántos años tienes? Apenas treinta, ¿no? Pues bien, te quedan diez de felicidad. Los cuarente ya son una edad terrible. Después, yo diría que una se acostumbra, se vuelve menos exigente. Disfruta las pequeñas alegrías mientras puedas - le aconsejó con un suspiro pensando en su amante -. Hasta los cuarenta no te ves envejecer. Vives con la ilusión de tener veinte, de que tendrás veinte eternamente. Y de pronto, una impresión cualquiera, una palabra, la mirada de un hombre, un hijo que quiere casarse...!Ah, es horrible!".








" - ¿Te gusta la soledad, Gladys? No has cambiado - repuso él mirándola con curiosidad.

- ¿Por qué iba a cambiar? Las mujeres no cambiamos.

Claude no respondió y Gladys bajó la cabeza. Con un movimiento lento y gracioso, sus manos jugueteaban con el collar de perlas que rodeaba su blanco y frágil cuello. Todavía era hermosa, débil, inquieta, conmovedora, pero el fantasma, la pálida sombra de la mujer que él había amado... Durante los últimos años le había visto tantas veces. Ella nunca había pensado en él. En cada reencuentro, ocupada con vestidos y nuevos amores, nunca tenía una mirada para él. Si, hoy parecía diferente, ansiosa de agradarle; pero él ... Un amor secreto, encerrado en el corazón durante mucho tiempo, se vuelve amargo al envejecer, se pudre y se transforma en agrio resentimiento. Soy libre - pensó Claude -. Me he liberado ya no la quiero".








- Lo amo, mamá - dijo Marie Thérèse con vehemencia. Al menos eso deberías comprenderlo. Tú deberías saber que es el amor. ¿O es que sólo lo reconoces en la cara de las viejas, de tus amigas? Pero quien está en edad de enamorarme soy yo, !no ellas!.

- !Cállate! - gritó Gladys con la voz teñida de terror y sufrimiento -. No quiero, ¿me oyes?, no quiero. He dicho que más adelante, y será mas adelante. Me obedecerás. Más adelante... Ahora no, ahora no - repitió palideciendo, y se llevo a los labios las manos de Marie Thérèse -. ¿De acuerdo? Esperarás a ser más madura, a tener más experiencia... No sabes nada, todavía no has visto nada... Ten paciencia. Dentro de dos o tres años, si aún quieres a Olivier, bueno, pues te casas con él... Pero ahora no, Dios mío, ahora no - murmuró apretándo a su hija contra el pecho, mirándola suplicante, tan acostumbrada a ser la preferida que ni siquiera imaginaba su rechazo -. Tú me quieres, ¿verdad, cariño? No querrás hacerme daño, ¿verdad? Oírte hablar de amor, ver en tí ya una mujer, me hace daño... Es natural que así ocurra... Si supieras... !Oh! ¿Por qué eres mujer? Si hubiera tenido un hijo varón me querría más... Tú no piensas más que en tí.

- !Y tú tampoco piensas más que en tí! Admítelo. Mira que clase de vida llevo. ¿Crees que a mi edad me basta con los libros, la música y un parque bonito? Crecí sólo con eso. Tú te divertías, bailabas, volvías el amanecer... Pero !esa clase de diversiones son para mí, mamá, para mí mucho más que para tí!

- No me daba cuenta de que crecías...

- Bueno pero el daño ya está hecho. Tengo dieciocho años.

- Sí, sí, lo sé, pero...

Le parecía oír cuchichear a las mujeres, sus rivales: ¿Gladys Eysenach? Sí, aún no está mal. Pero ya no es joven, ¿sabe? Ha casado a su hija. Su amante la ha dejado... Que quiere usted. Aún es hermosa pero... Aún es joven, pero... - Y pronto quizá -: ¿La encuentra hermosa? Pero es mayor, ¿sabe? Ya es abuela.

- Mamá... respondió Marie Thérèse -. Respóndeme. Piensa en mí. 

- ¿Qué esperas que te responda? Ya te he dicho lo que quiero. Espera ¿Qué te cuesta esperar un poco? Eres demasiado joven. Para tí los años son suaves y ligeros... Dentro de tres serás mayor de edad. Podrás hacer lo que te apetezca.

- Me niego a obedecerte - respondió Marie Thèrése alzando el rostro, pálido y crispado. Pero ¿por qué? ¿Por qué esperar?

- Porque eres demasiado joven - repitió Gladys -. Los matrimonios precipitados siempre acaban siendo infelices. No quiero que seas infeliz. Sí, ya lo sé: piensas que en este momento quien te hace infeliz soy yo. Pero no es verdad. Sólo te pido una temporada de noviazgo secreto, delicioso, que embellecerá tu vida y te dejará buenos recuerdos... Eres una niña Marie Thèrése, todavía no sabes... No hay más que una cosa que valga la pena vivir: el comienzo del amor, el amor todavía tímido, el deseo, la impaciencia, la espera...
Tres años pasan enseguida, pero hasta entonces ten piedad de mí... No me hables de nada. No quiero pensar. No quiero, no quiero. Me hace daño. Quiero un poco de tranquilidad, un poco de felicidad... Compréndeme. Sé mi amiga.

- !No quiero ser tu amiga! Eres mi madre. Si no quieres darme protección ni ayuda ni ternura, no te necesito - dijo la joven en voz baja.

- !Oh, Marie Thèrése! !Eres cruel!. !Déjame! - suplicó. !Ten un poco de compasión! No me digas nada más. Ya has visto que es inútil, ¿no?

- Si - respondió Marie Thèrése a su pesar.

Gladys la tenía cogida las manos. La muchacha se soltó con horror, rechazó aquellos hermosos brazos, suaves y pálidos, que se esforzaban en retenerla y se marchó.








Gladys Eysenach una mujer rica, bella y madura es acusada de asesinar a su joven amante, Bernard Martin, muerte que ella admite, aunque no, que fueran amantes.
Mujer de mundo, casada un par de veces, admirada por los hombres, pero con una vida llena de penas: una niñez desgraciada, la muerte de su única hija, y una existencia vacía. 
La novela comienza tras esta introducción, y la autora narra la vida de Gladys desde su juventud hasta el disparo letal. Una mujer dominada por la obsesión de mantener su juventud eternamente y la necesidad de ser amada devotamente.
Pero el tiempo es implacable y Gladys envejece y, lo que le inquieta terriblemente es, que su hija Marie Thérèse se ha convertido en una mujer enamorada. Esta declaración cae como una losa que hace lo imposible para retrasar la boda.
Pero lo inevitable llega y pasa, y llega también la guerra europea, Gladys y su hija se ven inmersas en una vorágine que las destrozará. Marie Thérèse muere y Gladys tiene que tomar una terrible decisión.
Asustada y aterrorizada ante los cambios que nota en sí, a los hombres sólo les atrae de ella su dinero y posición, conoce al joven Bernard y es aquí donde comienza su verdadero calvario, terminando en un trágico final.
Como la Jezabel bíblica, no duda en recurrir a la muerte de otros para mantener viva su obsesión.

Maryflor



"Gladys odiaba el sufrimiento; como los niños, esperaba y exigia la felicidad"




Pinturas de Dietz Edzard