7 de mayo de 2015

La espiritualidad es el arte de volver a casa


Volver al centro, al eje, centrarse, aquietarse, son palabras que bien pueden escucharse en algún curso de meditación. En mi caso son recordatorios que me llevan de regreso a mi esencia. El mundo actual nos lleva hacia las afueras, hacia una existencia frenética y superficial, que lo único que nos deja, es una sensación de inquietud e insatisfacción. Nada termina de llenar nuestras expectativas y deseos, y nos metemos en una carrera inconsciente  por buscar las respuestas lejos de nosotros, en manos ajenas: una religión, un gurú, terapias, cursillos que nos prometen recomponerlo todo.           

La conclusión es que nuestro bienestar depende siempre del otro, de elementos externos.

Nos tenemos que hacer cargo de nosotros mismos, de nuestros ideales y valores, de los errores, de aquellos a quienes elegimos que nos acompañen en el camino, de nuestras creencias, de lo que decidimos apostar y creer.
               
Hay infinidad de caminos para llegar a un mismo destino, así como infinitos caminantes.
           
"La espiritualidad es el arte de volver a casa".

La paz y la serenidad con uno mismo depende de como pensamos y, sin embargo, para adquirirla no necesitamos el pensamiento, depende de la confianza en uno mismo. En chino, la Paz se representa como una mujer sentada bajo el techo de su casa.


Siempre me han cautivado los claustros de los monasterios, me transmiten serenidad.  Es un microcosmos armónico, donde conviven una comunidad con el objetivo de conseguir lo eterno, todo esta gobernado por el orden, el silencio y la paz. Los que visitamos los claustros encontramos sosiego, mientras, el tiempo parece detenerse. 

Pero, ¿cuál es su significado?.  Constituia la representación del Paraíso, que en griego significa jardín, en hebrero edén, que quiere decir delicias. Es el símbolo de un paraíso reconstruído en el centro de la clausura monacal, donde todo deber ser ordenado y armónico buscando la perfección de los seres que en él habitan.

Está constituido por cuatro alas que forman una estructura cuadrada, interpretando a semejanza de la ciudad de Dios con los cuatro ríos evangélicos. El Tigris, el Eufrates, el Pisón y el Guijón, con su fuente central de cuatro caños que son la representación simbólica de los evangelios, de las cuatro virtudes, de los cuatro elementos de la creación, de los cuatro puntos cardinales.

En el monasterio, el claustro es el lugar de la vida solitaria, el sitio que ofrece mejores condiciones para la reflexión serena y tranquila.  En él, se desarrollaba la meditación de los textos divinos, que había de llevar a los monjes, por el sendero adecuado hasta la ciudad santa, en una caravana donde unos ya habrían llegado a la meta, mientras que otros, todavía debemos esperar en la fila.

Haciendo referencia a mi reflexión inicial, deberíamos recogernos para así alimentar y fortalecer nuestro espíritu, adentrarnos en la meditación individual para llegar al mismo punto que los habitantes de los monasterios, y construir el Monasterio Celeste, ése que todos deseamos alcanzar, después de haber atravesado las dificultades de nuestra vida.


Maryflor






Pintura de Arnold Böklin