25 de octubre de 2015

No digas que fue un sueño


No digas que fue un sueño, de Terenci Moix


Novela de amor pasional entre Cleopatra y Marco Antonio, relatada de una forma particular en su escritura, es casi una narración poética, con una estética bella y sensual. Con una exuberancia de descripciones, imágenes sensuales, paisajes, tonalidades, fragancias y sabores. 
Para relatar la historia. el escritor, divide la narración en cuatro libros:

Serpiente del Nilo
Octavia
Cesarión
El Dios abandona a Antonio




Serpiente del Nilo


Ella era el último miembro de una raza solitaria y sutil. Era una flor que Alejandría había tardado trescientos años en producir y que la eterninad no puede marchitar. Y se abrió ante un soldado romano, sencillo pero inteligente...  
E,M.Forster, Alexandría






Comienza con el sufrimiento de la Reina de Egipto por el abandono de su amor, su duelo por la ausencia y las preocupaciones que siente por su hijo Cesarión, fruto de la relación con Julio Cesar, llamado a ser el sucesor del futuro imperio en Oriente.
Terenci Moix confecciona una Cleopatra singular e íntima, donde prevalecen sus sentimientos a los hechos históricos.


"Con un amplio ademán que abarcaba la impenetrable negrura que los envolvía, exclamó:
- !Todo este luto por simples amoríos!
- Y yo te digo: por un amor que fue cualquier cosa menos simple. Egregia en todo es Cleopatra Séptima. En la plenitud del amor lo era. En su hundimiento, lo es más todavía. Sábelo ya, pues la propia reina rompe su secreto al convertir la nave real en pública voz de desconsuelo. Sabe que el romano que ocupó su lecho, ese hipócrita que hace un año la dejó encinta de dos príncipes, que ese Marco Antonio que ella hizo aparecer en los grandes monumentos como dueño y señor de Alejandría y después monarca de Oriente entero, que ese vil, esa alimaña, ha tomado esposa en Roma, siendo Cleopatra la madre de sus hijos."


"Así es la fragilidad de las víctimas del amor. Pues jamás hubo amante abandonado que creyese en su suerte cuando ésta se le anuncia de improviso. Por tres veces deberá crecer el padre Nilo, y tendrán que agotarse muchos plenilunios en los cielos, para que el amante comprenda que el final fue definitivo y, una vez asumida esa verdad, decida darse muerte como muchos o acepte seguir viviendo con sus heridas abiertas, como todos".


"- ¿Y mi pañuelo Epistemo? ¿Ha dejado de interesarte?
- Se lo he entregado a la noble Dictias, como recuerdo.
- Has sido generoso, pero nefasto. Si está en posesión de una prenda mía, si puede acariciarla cada noche, nunca se librará de sus fantasmas.
- Es el riesgo que corren tus adoradores.
- Quiero premiar tus servicios al trono y tus bondades para conmigo. Atiende bien: cuando zarpemos te esperaré en mi lecho y permitiré que goces de mi cuerpo..
- Ni tu cuerpo ni el mío gozarían de ese encuentro. Nuestros cerebros están demasiado acostumbrados a la agonía. Además, quiero que mi vida transcurra sin morir a cada instante. Y en verdad te digo que sólo hay un medio para ello: alejar el amor de mis caminos.
- Hay verdad en tus palabras. Que el amor es el descrédito de los poetas. Ellos cantan sus virtudes; él a cambio, mata".








Octavia


Si la sabiduría, el pudor y la belleza pueden serenar el corazón de Antonio, Octavia será, para él, feliz regalo... 
Shakespeare, Antonio y Cleopatra






Octavia, la segunda esposa de Marco Antonio, simboliza la matrona romana, la nobleza y el refinamiento. Tan bella como Cleopatra y enamorada de su marido. El análisis de los pensamientos y de la vida de la dama romana en su casa de Atenas, donde Marco Antonio ejerce de Procónsul, es muy buena; él se da a todo tipo de excesos y no por eso Octavia dejará de estar en su sitio y comportarse según su rango. Muy al contrario que la sociedad romana que, considera a Cleopatra una perdida, Octavia la considera una digna rival.



"-Te remito a los años, Octavia. Cuando tengas los míos contemplarás a Antonio desde tan lejos que te parecerá diminuto. No más pequeño que los demás hombres, no creas, pero sí en relación a la magnitud que hoy le otorgas. La altura de los años, es la única altura realmente soberana.
- Adivino que tu visita Calpurnia, no ha sido únicamente para interesarte por mi hija. Ni siquiera por mi salud. Y ya que lo sé, te agradezco el motivo.
- Querida, la indiscreción, una vez disparada, es como la flechas de Cupido: sólo puede detenerlas el pecho que las recibe. Por haber sido mujer de César, adivino que es ser esposa de Antonio. ¿Qué mas voy a decirte? Tu Antonio es el marido de todos los soldados y el amante de todas las meretrices."

"!Oriente!, tierra ignota, ceremonias extrañas, hechiceras fascinantes, arcanos indescifrables. !Oriente! Telas suntuosas, perfumes embriagadores, metales preciosos. Todo cuando una romana podía considerar exótico pero también prohibido. Sexualidades pervertidas, sexualidades incestuosas, sexualidades criminales. Oriente. Siempre Oriente. Pero dijo Octavia:
- No es justo que hables así de Cleopatra.
- Así habla Roma.
- Roma desprecia cuanto no conoce. Y cuanto más conquista más desprecia. Y cuando más desprecia más aniquila. Y sin embargo, él ama a Oriente con todas sus fuerzas...
- Tiene sus motivos -y añadió, incisiva-: le trataron muy bien en Egipto.
- Has sido mala Calpurnia.
- He sido precisa. Todos te adoran por tu bondad, Octavia, pero deberás ser menos adorada y un poco más maligna. Me mortifica que puedas elogiar a esa serpiente del Nilo. En cualquier momento, ¿comprendes?, en cualquier momento puede atacar de nuevo. Y su picadura es mortal.
- Cleopatra es la madre de los hijos de mi esposo -dijo Octavia-. Esto bastaría para que su nombre merezca un respeto en cualquiera de mis casas. Pero además se sabe que es una mujer sumamente inteligente, mucho más culta de lo que pueden presumir algunos de nuestros intelectuales. Y si todo esto no bastase, es la soberana de un país cuyos conocimientos milenarios han sustentado gran parte de nuestra ciencia y de nuestra cultura. Lo sentiré por Egipto. Si ya es triste ser el granero de Roma, ha de ser trágico convertirse en su cloaca.
- O todos los dioses que nos rodean se están burlando de mi o los años me llevan a inventar significados locos a las palabras. ¿Estoy escuchando a Octavia? ¿Estoy escuchando a una romana?
- Porque me llamo Octavia y soy romana busco los defectos de mi patria para que me ayuden a echar en falta su grandeza. Y porque me llamo Octavia y soy romana estimo también lo mejor de Egipto y respeto lo mejor que hay de la reina. Si es mi enemiga, me corresponde congratularme por luchar contra alguien de tanta altura. Cuánto más alto es el enemigo mayor mérito es el de la víctima. O simplemente el del combate.
- Si yo conseguí distraerte, me pagas con mala moneda, pues tú has logrado escandalizarme. ¿Serías amiga de una mujer como Cleopatra?
- Sería su discípula.
- !Octavia!
- Lo sería de buen grado a cambio de no volver a vivir nunca una noche como la de hoy. Pero no debes asustarte, gran Calpurnia; llego tarde a la cita con la corrupción porque fui educada para pensar en ella a distancia y con una sonrisa de frialdad. Porque sólo soy un nombre en una tratado político. Y, en definitiva, porque cada uno no puede ser más de lo que es al margen del sueño imposible que lo guía. Y yo soy Octavia. Y soy romana".



"Al quedarse Octavia a solas con su esposo, volvió el silencio.Volvía la soledad de dos. El vacío de ambos. Las palabras que se niegan a salir, temerosas a caso del daño que pueden causar. Ofensas no pronunciadas, acusaciones por nacer los estaban acechando. Y las respiraciones se aceleraban como los gladiadores que tantean el enemigo hasta encontrar el momento adecuado para atacarlo.
Entonces Antonio intentó adoptar un tono festivo.
- Sé lo que te preocupa de las guerras - exclamó riendo -. !Las sobremesas!
No encontró la complicidad de Octavia. Sólo su estupor.
- Reconozco que los maridos podemos ser muy pesados cuando, al regresar de las batallas, nos ponemos a contarlas. Si por las esposas fuese, ten por cierto que siempre habría paz.
- ¿Esto piensas de tu esposa? Es triste que sólo una guerra pueda darte motivos para considerarla un poco.
- No quería herir tu dignidad. De hecho, quiero manifestarte mi admiración. Pero diga lo que diga sobre cualquier tema, queda zafio ante tus razonamientos. Lo mismo que sucedió con...
El nombre quedó en el aire, amenazando con una aureola de fatalidad. Y Octavia supo ennoblecer su propia aureola al pronunciarlo sin que se alterase su voz o sus facciones.
- Con Cleopatra, sería...
Él asintió con la cabeza, rehuyendo la mirada, sin atreverse a buscar la de ella, que presentía penetrante.
- Es muy afortunada esta soberana al disponer de los medios para organizar sus propias batallas. De este modo no ha de esperar a que vengan a contárselas en las sobremesas.
- Sabes que reconozco el valor de tus virtudes.
- Mayor ofensa me haces; pues, reconociéndolas, no me permites aplicarlas.
- Aplícalas en buena hora, Octavia; pero no me tortures buscando en mis palabras sentidos que no tienen.
- Las palabras tal vez no, pero sí las acciones. De tus tres mujeres oficiales yo soy la única que me contento esperando a enterarme de tus cosas en la sobremesa. En especial si vienen amigos a cenar. Cuando estamos solos, ni siquiera batallas. Sólo esos silencios que aplastan el alma. Es lógico que envidie a Cleopatra. Te diré más: incluso envidio a la infausta Fulvia. Cuando se alió con su hermano, y entre los dos se lanzaron a intrigar, debió de encontrar algo de distracción. Sin duda, la necesitaba.
- ¿Quieres decir que la culpas por haber conspirado contra Octavio en mi favor?
- A veces eres muy banal, Antonio. Si esto es lo único que deduces de mis quejas es que ni siquiera mereces conocerlas..
- !Octavia, Octavia! De nuevo estoy desarmado ante ti. De cuantas perfecciones atesoras, la de la sinceridad es la que más asusta. Nada puedo decir sin desvelar una reprimenda en tu sonrisa.
- La reina Cleopatra era sin duda más tolerante. Siempre me cuentas que no te negaba el menor capricho..
- Ninguno.
- Era más lista que yo. Sería que podía permitírselo. Yo nunca. Ni por educación ni por carácter. Tal vez porque me llamo Octavia y soy romana. Lo cuál podrá ser importante, pero en modo alguno cómodo.
- Eres la esposa más respetada que jamás pudo soñar un romano. Además, el respeto que se te otorga es merecido. No sé yo de nadie tan perfecto, macho o hembra. Hasta tal punto eres admirable, que si no estuviésemos casados y un día te encontrara en tu paseo, y estuviese alborotando yo con mis amigos, como solía en mis años mozos, al verte pasar me inclinaría y éste sería mi requiebro: !Qué gran mujer! !Dama perfecta!.
- Más que un requiebro es una condena. Por él reconozco que vas a devolverme a Roma.
Regresó el silencio. Otra pausa interminable, aplastada por la losa cruel de la evidencia.
- ¿Piensas devolverme a Roma. Marco Antonio?
- Lo siento -dijo por fin el general.
- Luego piensas repudiarme.
- No.
- ¿Quieres el divorcio?
- No.
- Comprendo. La comodidad sigue siendo el refugio de Antonio. Ni me repudias ni te divorcias. Simplemente, me echas.
- Octavia, encontrarás a alguien que te merezca más que yo. Alguien mejor. Que esté a tu altura.
- Marco Antonio, me hablas con frases tópicas. Asisto demasiado al teatro para no conocer el repertorio. Dices que encontraré a alguien que me merezca; y, en cambio, seguiré siendo tu esposa. !Ni casada ni repudiada! Por lo cual te digo que el hombre que me tomase no me merecería en absoluto.
- No sé que contestarte. Intento facilitar la situación...
- ¿Cómo vas a facilitar una situación difícil?
- !Te estás burlando de mí!
- No, Marco Antonio. Te sigo. De hecho, te he seguido durante tres años... sin moverme de sitio. Pero el que ocupé hasta ahora ya no me corresponde. Así, pues, soy yo misma quien te pide que me devuelvas a Roma. Ni repudiada, ni divorciada, pero libre. Y no te permitas adjudicarme sucesores hipotéticos. !No te permitas desear siquiera que encuentre a un hombre mejor que tú! Porque Antonio es bueno, honesto, valiente y apuesto. Pero si el precio de ser tan virtuoso Antonio y tan perfecta Octavia se paga con situaciones como ésta, prefiero contentarme con menos perfección y consevar mi dignidad, que es muy alta.
- ¿Cómo voy a dudarlo? -exclamó.
Inesperadamente, se echó a llorar. Lágrimas espectaculares, que no lastimaban su dignidad ni su prestigio.
Octavia asoció el llanto al vino. Pero se equivocaba. En cualquier caso, se levantó de la mesa y, disponiéndose a abandonar la estancia, le espetó:
- Antonio que es el verdugo de Octavia, llora. Y Octavia, que es la víctima de Antonio, sale dando un portazo. Francamente, si un autor satírico no encuentra inspiración en una escena así, dudo que consiga abrirse paso en el teatro".


Si has visto a Amor errando
por los alto caminos, detenle.
es el esclavo que se me escapó...





Se llamaba Octavia. Y era romana.



Cesarión


...Llegaste con tu encanto indefinido. Pocas líneas se encuentra en la historia sobre ti...
te he modelado bello y sensual.
Mi arte confiere a tu rostro la belleza atractiva de un sueño.
C.P. Cavafis, Cesarión






Han pasado los años y Cesarión es ya un adolescente al que se le forma para cumplir las espectativas que Cleopatra ha depositado en él. Se detalla también el reencuentro entre Cleopatra y Marco Antonio y sus planes para hacer un nuevo imperio en Oriente que bajo el reinado de Cesarión sea un contrapoder a Roma.
El autor se complace en describir la vida en Alejandría, su voluptuosidad y lujo.






"- Cualquier mensaje de Antonio puede esperar por toda la eternidad -dijo Cleopatra, intentando parecer implacable-. Necesitará cerveza, como siempre. Y en verdad no estaría bien visto que la reina de Egipto acudiese a proveerle después de tres años y medio de desprecios y rechazos. 
El tiempo que es implacable, también tiene piedad. Y para ofrecer alguna compensación a sus desaires hace que lo malo se marche algún día, como se fue lo bueno.
Ordenó a sus damas que preparasen el vestido ceremonial. Y antes de ausentarse, Sosígenes encontró valor para preguntarle:
- ¿Piensas todavía en Antonio?
Ella se encogió de hombros y quiso afectar indiferencia. Mas no había perdido su nostalgia.
- No pienso en él, pero le recuerdo...
Y al decirlo conoció un instante de poesía. Pues dicen los líricos alejandrinos que el recuerdo es como un ladrón que, agazapado entre los matorrales, espera el paso de caminante indefenso para sorprenderle.
Las personas, como los lugares, tienen esa virtud... o esa desgracia. Guardan el eco de una voz que no por escondida está muerta. Y esa voz es una amenaza. Puede sonar de un momento a otro, sin advertir, atacando por sorpresa e hiriendo más si cabe porque la cogía desprevenida.
Así es la memoria del amor perdido. Parece que se fue pero regresa. Parece que perdonó pero condena.

- Todo cuanto concierne al amor es nuevo y viejo al mismo tiempo, mi buen Sosígenes. Siempre aprendemos del amor, porque el amor no se presenta nunca bajo el mismo rostro. Sus enseñanzas son inagotables. Yo creía que las dominaba cuando era amada por Antonio. !Qué gran error el mío! No empecé a conocer el verdadero sentido del amor hasta que Antonio me abandonó. Y resulta extremadamente curioso que lo conociese gracias al dolor, no a los goces.
- Recuerda las horas injustas de la aflicción, Cleopatra.
- Cierto es que lo viví, pero acaso no llegué a apurarlo. Fue una sensación tan lacerante, un tormento tan intenso que pensé haber colmado la medida. Pero mi convencimiento no era sino un empeño desesperado por salir de aquel pozo inconmensurable. Ahora sé que el pozo tiene un fondo mucho más profundo del que yo creí tocar. Y que la copa del dolor no llega a colmarse nunca, por más que la llenemos".










El Dios abandona a Antonio



Cuando de pronto a medianoche, se oiga
un cortejo invisible que circula
con músicas excelsas, con clamores—
de tu destino que se entrega, de tus obras
que fracasaron, de los proyectos de tu vida
que tan mal te salieron, no te lamentes en vano.
Como dispuesto desde ha tiempo, como un valiente,
dile adiós a ella, a la Alejandría que se va.
Y sobre todo no te engañes, no digas
que fue un sueño, que fue error de tu oído;
nunca aceptes tan vanas esperanzas.
Como dispuesto desde ha tiempo, como un valiente,
como te va a ti que de una ciudad tal has sido digno,
acércate con entereza a la ventana,
y oye con emoción, pero no
con súplicas y quejas de cobarde,
como un último goce los acordes,
los excelsos instrumentos del misterioso cortejo,
y dile adiós a ella, a la Alejandría que tú pierdes.
Cavafis






Derrotado Marco Antonio vuelve a Alejandría, donde su reina le recibe con todo su amor. Nadie queda a salvo del deseo de Octavio de no ver peligrar su supremacía en Roma y en la historia; la muerte de Cleopatra, el final de Marco Antonio y el amargo destino de Cesarión.



"La voz de Sosígenes sonó en el umbral de la puerta.
- !Antonio derrotado! -exclamó al anciano, entrando en la estancia. 
- Antonio derrotado -susurraba Cleopatra-. Antonio caído. Es como si el gigante hubiese perdido el equilibrio.
- Esto le pone en tus manos...
- ¿Qué estas diciendo?
- Depende de tí, Cleopatra. !Está vencido!
Un rayo de furia atravesó la mirada de la reina.
- Tus palabras devuelven el invierno a mis estancias. ¿Eres tú peor que los partos, cuando te alegras de la primera derrota de mi héroe? !Pobre Antonio!. Si así celebran su infortunio los amigos de su amante, ¿qué no diran quienes le odian?.
Sentía en su interior una dicha nueva, toda su alma se henchía con una profunda ternura que en nada se parecía a aquella lejana pasión de su juventud. Pero al mismo tiempo la rejuvenecía de tal modo que regresó por un instante a aquella muchachita todavía virgen que echó a correr hacia la terraza porque sus damas anunciaban la llegada del más gallardo de todos los capitanes de Roma.
- !Antonio vencido! -exclamó- !Antonio amado! Vuelve de una vez. Ven amado, porque mi corazón estrena una melodía enteramente nueva y sus notas son vírgenes y tú no las conoces pese a que te está dedicada. !Jamás sentí tanta armonía, nunca oí esos sones hasta ahora, y no sé que nombre darles! Ya no pueden llamarse Antonio, ya no son de Cleopatra. Son para alguien que viene a mí desde el otro lado del tiempo. Pero ¿qué está diciendo mi locura? El tiempo y el espacio se han mezclado, porque va a llegar Antonio. Antonio como era y como es, Antonio donde estuvo y donde está. Todos sus rostros a lo largo de los años, su belleza y vejez, su fuerza y su cansancio. Antonio  victorioso en un carro triunfal, Antonio fracasado sobre una mula vieja. !Antonio entero! !Antonio amado!.
Ahora veo que no amé hasta ahora. Porque estuve loca por un Antonio victorioso y me sentí destruída por un Antonio despreciativo. Porque morí de dolor mientras buscaba el modo de olvidarle. Y al fin regresé a él y mi alma estaba indiferente. Tanto creí amar y de tantas formas distintas que caí en confusión, pues en realidad sólo amaba lo qu él provocaba en mi interior, la locura, el desprecio, el odio, el dolor y hasta la indiferencia. Pero no he amado a Antonio hasta hoy, porque hoy Antonio sólo puede ofrecerme su derrota. Porque viene desnudo a mí, sin armas ni bagaje. Ni siquiera tiene pasado, porque la derrota lo borra ante mis ojos.
Mi madurez llega en el momento más propicio porque ella es la que me aconseja obrar así y no de otro modo. No sé si esto es amor, ni cuál de sus manifestaciones, pues lo siento por primera vez, no tengo práctica y no puede establecer ninguna comparación. Como tampoco preguntar a los demás, ya que nadie lo sintió antes de ahora. Pero te digo que si nace de saber a Antonio derrotado, si estalla sabiéndole mediocre, quiere decir que este amor me llega desde las fuentes más generosas de la vida y sólo la madurez me capacita para sentirlo plenamente. De haberme llegado cuando era yo más joven, no habría sabido reconocerlo. Por eso bendigo los años que han pasado. Y por esto espero que sigan cayendo, porque todas las artimañas de la juventud no valen lo que esta seguridad de ahora".







"...Y sucedió que el tiempo empezaba a discurrir sobre Egipto. No constituía ninguna sorpresa. Hace ya siglos que venía haciéndolo.
Cada día era castigado con la muerte por haber asesinado al anterior. Cada noche recibía el castigo del alba porque había osado asesinar a la tarde. Y sólo el el tiempo quedaba sin castigo pese a que es el asesino de todas las cosas".






"La conducta de Octavia continuaba siendo intachable y algunos malintencionados se preguntaban si se debía a la resignación o a una vocación frustrada de virgen vestal. Con el tiempo, su belleza había madurado y continuaba igualando a la de la reina Cleopatra, si no la superaba. Pero dijérase que su vida se había detenido. Unos bromeaban diciendo que se había convertido en un reloj de sol para días de lluvia y otros que era como la clepsidra en una fría mañana de enero: sus aguas se hielan y la hora queda fija, inpertérrita, como si el tiempo hubiese dejado de transcurrir.
Pero incluso los que se permitían bromas acerca de Octavia la adoraban hasta extremos delirantes sin que ella se permitiera la menor concesión que pudiese fomentar ya adoraciones ya odios. Se limitaba a mantener una posición intachable y a pregonar que se llamaba Octavia y era romana.
En su último viaje a Atenas, cuando se enfrentó a la opinión pública para acudir en busca y ayuda de su esposo, comprendió claramente que toda esperanza de dignidad en él era vana. Supo que su viaje a Alejandría no era causa de un pasatiempo momentáneo y que, además, no estaba sólo motivado por las voluptuosidades con que pudiese envolverle Cleopatra. Era algo que los romanos no podían comprender. Antonio y Cleopatra tenían algo más que un amor pendiente. Tenían un proyecto juntos. Tenían un sueño compartido.
El proyecto de Marco Antonio no necesitaba de mujeres como Octavia, precisaba de amazonas como la reina de Egipto. Y, además, compartir es una palabra que se utiliza pocas veces en la vida. Cuando llega la ocasión conviene aferrarse a ella violentamente, necesariamente, aunque el punto de destino final sea la locura. 
Y Octavia no estaba loca. Pero penaba, porque ya nunca se le presentaría la oportunidad de estarlo". 






"El paso del tiempo sólo sirvió para fortalecer a Octavia, para reafirmarla en su actitud de vela poderosa, confeccionada con materiales invencibles, capaces de resistir la embestida de todos los huracanes. Y llegó un día en que el más alto magistrado de la República se presentó personalmente en su casa para comunicarle una decisión de Antonio. La más dolorosa, pero no por ello la menos esperada. 
Por fin se atrevía a pedir el divorcio. Y le exigía abiertamente que abandonara su casa.
La noble Octavia no se permitió un titubeo, no dejó que sus ojos pestañeasen, no quiso que nadie pudiera ver un ligero temblor en sus manos. Era la estatua en que Roma entera había querido convertirla, pero nunca la humilde víctima que la acción de Antonio podía hacerle representar. Permaneció erguida, con las manos serenamente cruzadas sobre su regazo. Y una irónica sonrisa asomó a sus labios, como si quisiera asegurar a los demás que continuaba viva y victoriosa. Más reina aún que la de Egipto, pues no necesitaba del trono para proclamar su majestad.
Se fue como había llegado: discretamente y sin hacer ruido. Con su dote, sus pertenencias, su fortuna y todo cuando el derecho romano permitía conservar a las divorciadas. Se fue con sus hijos y el de Antonio, con sus vestidos, sus muebles y sus esclavos preferidos. Nadie, ni siquiera el lindo Adonis, supo decir si también si iba con un poco de dolor.
Pero los romanos, que tanto la admiraban, siguieron su peripecia con el interés que ya sólo dedicaban a los juegos del circo y, los mas sofisticados, a las representaciones teatrales. Los romanos la siguieron de cerca y sintieron mucha lástima. Pero no de ella, sino de Antonio".






"...Y siguieron diciéndo los cronistas que nunca hubo un espectáculo tan lastimoso como aquel que ofrecía el cuerpo de Antonio, sucio de sangre, casi desnudo, con la herida abierta y ascendiendo hacia la amada tan lleno de esperanzas que levantaba los brazos hacia ella, en un intento desesperado de adelantarse al tiempo. Y cuando Cleopatra consiguió introducirle en el mausoleo, le tendió con sus propias manos en una mesa de alabastro reservada para la vida eterna y lloró sobre sus heridas y se mesó los cabellos como hacen las viudas en los grandes funerales de Tebas.
- No me compadezcas por mis desgracias de los últimos tiempos -dijo el moribundo-. Por el contrario, felicítame pues he sido hombre ilustre y he disfrutado de muchas cosas bellas a lo largo de mi vida. Y si ahora me han vencido, no ha sido innoblemente, pues lo ha logrado un romano.
Él la veía a través de sus ojos nublados, la sentía en los estertores de su dolor, la buscaba con sus gemidos entrecortados.
- Esta herida es como un pozo de cal viva. !Arde como ella! Pero estoy satisfecho porque mi brazo todavía tiene fuerza para hundir la espada.
- Tu brazo es el del héroe que soñé de niña.
- Cuando te vi por primera vez, Cleopatra. Cuando eras la más bella entre las flores del César.
- !Y tu eras tan hermoso Antonio! Estabas hecho a la altura de Alejandría.
- Cleopatra y Alejandría. Las dos me habéis atormentado hasta la muerte. ¿Cómo podía saber que, al abandonarme todos mis dioses, sólo vosotras quedaríais para velar mi sueño eterno?
- Siempre es desvelada la noche del que ama.
- Si alguien quiere saber qué es el amor, no diga nunca que fue un sueño. Cuando todos mis otros sueños fracasaron, éste existió con tanta fuerza que, al morir, lo invoco como el único dios que dirigió mis caminos...
Levantó la cabeza, ayudado por la manos de Cleopatra. Sus labios se encontraron en un beso que tuvo la duración de todos los siglos del pasado.
Y de repente, ella supo que Antonio se había ido.

- Tiempo, detén tu curso sobre este instante. Escucha mi mensaje, dulce Antonio. Nunca sabrás cuánto te amó la reina de Egigto, Nunca sabrá el mundo cuánto agradecí el haberte amado. Por tí llegué a conocer todas las formas del amor. ¿Qué otro mortal podrá decir lo mismo? Te amé cuando eras joven y arrogante, te odié cuando te fuiste de mi lado, te deseé cuando fuiste vencedor, me enternecí cuando te vencieron. Conocí el arrebato de la pasión, los fuegos del deseo, la ternura de la resignación, la serenidad de la lástima... Todo lo tuve por ti. Ya sólo queda una forma de amor, y está en manos de los dioses. A ella me dirijo, Antonio. Es el amor que vibra más allá de las constelaciones, en el lugar donde se encuentran para siempre los amantes...
Se levantó con la mirada perdida en la distancia. Abrió las manos, la palma afuera, indicando a sus doncellas que no se atreviesen a interrumpir ninguna de sus acciones. Así llegó hasta la mesa de ofrendas y tomó la daga depositada junto a unos jarrones pródigos en frutos que podrían servirle en el más allá.
- !Toca, Ramose! Toca la canción de Marco Antonio. !No te detengas!
Se abrió la túnica y sus senos vibraron como si fuesen a darse al amor.
-!Dioses perversos! !Este es el grito de Cleopatra!
Con una mano apretó fuertemente el seno que brotaba de la parte izquierda de su cuerpo y, con la otra, le aplicó la daga. Echó toda la cabeza hacia atrás, hundió la hoja con mayor fuerza y, finalmente, la hizo girar sobre si misma hasta que una parte del seno cayó a sus pies, destrozado.
Se arrojó al suelo, retorciéndose en su propia sangre, aullando con toda la desesperación que hasta aquel instante había conservado callada, protegida por el pudor y la valentía.
- !Junto a Antonio! -gritó-. !Llevadme junto a Antonio, hermanas!
La arrastraron hasta el cadáver. Y ella, forcejeando contra el dolor, se arrojó sobre aquella herida y vertió en su interior la sangre que continuaba manando de su cuerpo. Y al verse completamente integrada a la sangre de Antonio se desmayó.
Con el correr de los días, la vida se convirtió en una cruel prolongación de aquel desmayo. Ya sólo quedaba aguardar las ordenes del nuevo dueño de Alejandría. 






Pinturas de Alexander Cabanel, Edwin Long, Herbert James Draper, Frederic Arthur, Louise Abbema