5 de enero de 2016

¿Quieres volar o no?


La naturaleza es sabia y su esencia es el cambio, nos lo demuestra continuamente. Todo en ella evoluciona, es el proceso de crecimiento. Pero nosotros tendemos a permanecer estáticos, acomodarnos a las distintas situaciones de la vida aunque no sean las propicias, asegurar lo que tenemos para no perderlo a pesar de que no merezca la pena.

Todos pasamos por momentos de inquietud en los que parece que nada se asienta sobre nada, que nos falta algo que lo sustente, que nos ofrezca una música de atención que acompañe a nuestros vacíos pasos. Tu vida está en orden, todo parece ocupar su lugar, no te falta nada (en apariencia), haces todo lo correcto, cumples con tus responsabilidades, no te puedes quejar y, sin embargo, no te sientes feliz. Y así van pasando los años, hemos dejado de preguntarnos qué queremos, evitando cuestionarnos el fondo de nuestras vidas, comenzando lo que yo llamo nuestra obra de teatro.

La vida no es un ensayo, tal vez es una tarea inacabada, que para quién la empieza, no sabe ya que está en escena, y mientras va andando, es consciente de que se va incorporando al escenario; llega un momento en que nos dejamos conducir por la comedia, nos hemos convertido en meros actores en lugar de directores. ¿Por qué no soy capaz de conducirla yo?, ¿prefiero ser guiado por las circunstancias? Representamos un papel que no es el nuestro, con una variedad de personajes que vamos desarrollando en el escenario, con tanto ímpetu que a duras penas sabemos quién es el actor y quién la persona, pues la máscara que colocamos en nuestro rostro ha terminado por adueñarse de quién la colocó y ya no recuerda la identidad que se esconde debajo; nos ocurre porque a veces no sabemos dónde ir, ni cual es el destino que nos corresponde. En algún lugar nos perdimos; pero siempre nos llega un momento o una circunstancia en que por exigencia del guión, el actor debe llevarse las manos a su rostro y reconocer los rasgos de su auténtica personalidad. ¿Quién nos lo impide? Si tenemos el valor de respondernos sería: el miedo; la segunda pregunta es: ¿Tengo valor para quitarme la máscara?

¿Quiero volar o no?

La proclamación "no teman" aparece incontables veces en la Biblia, sin embargo seguimos teniendo miedo a todo. Nos hemos abandonado a la cobardía, ella es la que dirige nuestra vida, de ese modo hemos dejado de ser directores de nuestra realidad a meros actores movidos por ese titiritero. El miedo entra en nuestras vidas de diferentes maneras: camuflado de prudencia, de moral, se adueña del ímpetu de nuestras emociones y de nuestros sueños. El miedo es como la niebla que va envolviéndolo todo , impidiéndonos hacer las cosas que habíamos imaginado y deseábamos pero que nunca llegamos a realizar por temor. El miedo nos distorsiona la realidad, los recuerdos y los anhelos, nos llena de ansiedad terminado por socavar nuestra valentía. El miedo es gigantesco y titánico, y una vez que le hemos permitido la entrada en nuestra casa termina por hacer de nuestra vida lo que le da la gana. 

Si no somos capaces de enfrentarnos a él, (todos sabemos de nuestras limitaciones), no todos somos valientes ni tenemos porqué serlo, entonces me encuentro con la tercera pregunta: ¿porqué no somos capaces de asumirlo? Sería más honesto aceptarlo, no me refiero al miedo como tal, sino reconocer nuestra personalidad tal como es, asumirla y vivir nuestra representación sin máscara alguna, sin escondites y sin cuevas donde cobijarnos.

En definitiva, ser sinceros con nosotros mismos y vivir la vida sin engañarnos.


Maryflor