18 de abril de 2015

Para ti mamá

De tarde en tarde

A mi madre le gusta ir a ese café de sobrias lámparas
pedir galletas de vainilla,
tomar dos tazas de té negro con parsimonia
como un acto ceremonial.
Hoy la he traído, pues, cediendo al gesto filial mi tarde laboriosa.
Tras los enormes ventanales vemos correr la vida afuera
mientras hablamos de otros días
y la tibieza del lugar sugiere que la felicidad no es más que esto.
De repente
como recuperando las palabras de un sueño
ella dice: “Qué lástima que todo se termina”.
Lo dice con sonrisa liviana, pues sabe
que ser trascendental no conviene a la tarde.
Mi madre cumplió setenta y cuatro años
y alguna vez fue bella.
Al fondo de las tazas el té pinta sus signos.
Yo no sé que decir.
Miramos la avenida, las caras planas de los transeúntes,
los árboles que callan. Anochece.


Piedad Bonnet





Pintura de Thomas Kennington




Canto a la madre


No ansiaba vestidos, indumentos que engalanan al deforme y malvado.
Incomprendida, abandonada incluso por su marido, había enterrado seis hijos, pero no su buen carácter; hermanas y cuñadas la tenían por una extraña, por ridícula, porque trabajaba como una tonta para los demás sin pedir nada a cambio, y a la hora de su muerte no había hecho acopio de enseres, sólo había tenido una cabra blancuzca, un gato rengo, unos cuantos ficus...

Habíamos vivido todos junto a ella sin comprender que era precisamente ella la persona justa sin la cual, como en el dicho, no se tendrá en pie la aldea .

Ni la ciudad.

Ni nuestra nación entera. 


Iván Denísovich 





Pintura de Albert Anker



Madre


En las tardes oscuras y difíciles,
cuando pienso que no podré acabar
sin lágrimas ninguno de mis días,
y siento cómo crece con las horas
y cómo es insalvable la distancia
que nos separa, y nada me hace fuerte,
ni siquiera el amor de quien más quiero,
sólo busco el descenso de la noche
sobre mí con tu cuerpo y que tu abrazo
me entregue todavía ese universo
en el que no ha triunfado aún el frío.


 Christian Law 





Pintura de Benjamin Kenningthon



Caigo sobre sus manos


Cuando no sabía
aún que yo vivía en unas manos,
ellas pasaban sobre mi rostro y mi corazón.

Yo sentía que la noche era dulce
como una leche silenciosa. Y grande.
Mucho más grande que mi vida.
                               
Madre: era tus manos y la noche juntas.
Por eso aquella oscuridad me amaba. 

No lo recuerdo pero está conmigo.
Donde yo existo más, en lo olvidado,
están las manos y la noche.
                                           
A veces,
  cuando mi cabeza cuelga sobre la tierra
y ya no puedo más y está vacío
el mundo, alguna vez, sube el olvido
aún al corazón.
Y me arrodillo
a respirar sobre tus manos.

Bajo y tú escondes mi rostro; y soy pequeño;
y tus manos son grandes; y la noche
viene otra vez, viene otra vez.

Descanso
de ser hombre, descanso de ser hombre.


Antonio Gamonal 





Pintura de León Bazille Perrault



Nana


He pensado en tu muerte
y un resquicio de luz
te ha iluminado el gesto.
¿Me has oído, madre, el pensamiento?
He pensado en tu muerte
como un paisaje conocido y feliz
aunque no sepa situarlo con exactitud.
Y yo te llevaba de la mano.


Esteban Martínez